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07 May 2014
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Con un lápiz y un papel

Pocas cosas emocionan tanto como la sencillez de un sentimiento expresado en un simple dibujo en cualquier trozo de papel. Representa parte del corazón de una persona que quiere demostrarte su afecto con aquello que tiene más a mano y que, al mismo tiempo, son dos de los  máximos exponentes del proceso de enseñanza y aprendizaje: un lápiz y un papel. Magníficos vehículos de transmisión de conocimientos y, por supuesto, sentimientos.

Para maestros y maestras no hay mejor regalo que estos dibujos con los que, de vez en cuando, nos obsequian nuestros alumnos y que, en no pocas ocasiones, tienen la virtud añadida de llegar en momentos en los que más los necesitas. Esos momentos en los que te pones en tela de juicio, a ti mismo y a todo lo que haces en tu aula, porque nunca todo te parece suficiente.

No hay mayor sensación de frustración que aquella que sientes cuando crees que tu esfuerzo no está dando los frutos deseados. Te puedes consolar considerando que no es cosa tuya, que es consecuencia de la incapacidad de esos alumnos a los que no ves progresar como desearías. Pero es inútil, porque en general, día a día, vamos generando poca tolerancia al fracaso y esa decepción es la que marca nuestro nivel de incompetencia.

Me di cuenta de que muy al contrario, me estaba demostrando una gran inteligencia, la emocional, para poder expresar como se sentía, así abiertamente.

Un día de escuela, de estos a los que me refiero, una alumna, ante mi insistencia para que terminara una tarea aparentemente sencilla (desgraciadamente siempre medimos con nuestro rasero y no con el de cada cual), se sintió lo suficientemente presionada como para estallar en lágrimas y decirme desconsolada “¡Jo! si es que no lo sé hacer, me estoy esforzando profe pero no sé, soy tonta”. Me di cuenta de que muy al contrario, esta alumna me estaba demostrando una gran inteligencia, la emocional, para poder expresar cómo se sentía, así abiertamente. Le pedí perdón y le dije que el tonto era yo porque si ella no aprendía era debido a que yo no sabía enseñarla, porque saber enseñar en un maestro es ante todo una responsabilidad, un deber y una obligación. Mientras que para aprender, la primera condición debe ser la del deseo de hacerlo y no hay mejor manera de conseguirlo que con un estado de ánimo feliz y predispuesto. Si no se disfruta del aprendizaje, no se produce aprendizaje.

...para aprender, la primera condición debe ser la del deseo de hacerlo y no hay mejor manera de conseguirlo que con un estado de ánimo feliz y predispuesto.

Lo vi claro, o al menos eso creo, y aquella actividad perdió toda trascendencia. En realidad nunca la tienen, son solo elementos circunstanciales a los que damos demasiada importancia y en los que nos apoyamos en exceso para cubrir nuestras carencias docentes. Le dije que hiciera un dibujo, daba igual lo que fuera y al acabar la clase me entregó un trocito de papel doblado en cuatro partes. Al desplegarlo y ver su dibujo comprobé que, efectivamente, yo era un gran ignorante al que una alumna acababa de dar una grandísima lección. Entonces, fue a mí al que le resbalaron las lágrimas por sentirme tan tonto, y en ese momento fui capaz de comprender a la niña.

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inteligencia emocional
emociones
motivación


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