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21 Jun 2013
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Los valientes aventureros del saber

Los bebés, desde que nacen, aprenden por descubrimiento, día a día, de forma inconsciente.

La cuestión entonces es estimularles para que capten y aprendan a partir de todo lo que les rodea. Al ser testigos de esos primeros aprendizajes de la vida, los adultos, o sea los padres y madres, nos sentimos las personas más felices del mundo; y cuando son capaces de hacer cosas solitos les demostramos lo orgullosos que nos sentimos de ellos.

En ese tiempo jugamos con una ventaja, pues no tienen autonomía suficiente de movimientos, están controlados, pero poco a poco son más dinámicos, más movibles, más independientes, y para eso les enseñamos. Pero sucede que es entonces cuando los que hacemos “un terrible descubrimiento” somos los adultos: los niños y niñas, en su afán de aprender, manipulan y rompen cosas, que parece ser apreciamos mucho más que el valor del aprendizaje de nuestros bebés.

Y llega la escuela: más normas, más disciplina y los estímulos que les ponemos no son para que den respuesta a sus intereses sino a los intereses impuestos de nuestros propios estímulos docentes, y el nene que se ajusta a ese perfil, ¡estupendo! y el que no…¡uf! ¡ Mala suerte!

Decía George Bernard Shaw: “A los seis años interrumpí mi educación para ingresar en la escuela”. Ya sabemos que es por su bien, pero ¿realmente sabemos si les hacemos un bien al domesticarlos tanto?

 

Una mañana mientras dábamos nuestra clase escuchamos un sonido, que llamó la atención de los niños y niñas porque no sabían su procedencia: era el armonioso zumbido de un afilador ¿Qué es eso profe?,  preguntaron. Y rápidamente les dije que se pusieran los abrigos,  y nos lanzamos a buscar el origen de aquel sonido encantador, como si se tratara de la mismísima melodía del flautista de Hamelin.

No paramos hasta encontrarlo, guiándonos por su musiquilla. El hombre quedó sorprendido ante tal avalancha, y emocionado nos habló de su trabajo, nos hizo una demostración musical, y nos dijo cómo se llamaba ese “sinfónico instrumento”. Era la “siringa”. Y volvimos al colegio tan contentos. Hablamos de oficios, de los de sus papás y mamás, de otros desconocidos para ellos, jugamos con instrumentos, los fabricamos.

Salimos muchas veces por el barrio, a cazar palabras, con sus lápices y cuadernos. También capturamos números que adquirieron una nueva dimensión para ellos y ellas, visitamos la iglesia, las tiendas y todos los vecinos sonreían, nos fueron conociendo y se proyectaron en estos alumnos para  volver a sentirse como niños con ganas de aprender.

Del parque cercano hicimos un nuevo continente en el que desarrollábamos nuestras expediciones fotográficas. Así supimos de hormigas, avispas, escarabajos, mariposas, de muchas plantas y flores. Nos retratamos en verano, en otoño, en invierno y en primavera, todos juntos y descubrieron los  cambios estacionales sintiéndose protagonistas.

Y lo más hermoso fue que  detrás de todo esto estaba la confianza de unos padres y madres que cada día veían a sus hijos e hijas ir y venir felices del colegio y con unas ganas tremendas de aprender, y de enseñar, de compartir; en definitiva, de vivir intensamente que es como mejor se aprende, mediante estímulos.

 

Fotografía cedida por Antonio Ferrándiz.

Tags:
aventura
educación
aprendizaje
educación emocional


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Comentarios

Hanoch Piven Hanoch Piven 26 Jun 2013 | responder
Comment: 

Querido Fernando. Que post tan lindo.
La historia del afilador demuestra algo tan simple como la idea de que un maestro puede ser flexible, se puede dejar llevar por una oportidad y aprovecharla. Por supuesto que hay que saber ver esa oportunidad (como tu sin duda sabes hacerlo) y quizas para eso uno tiene que saber que las tematicas del 'curriculum' no son sagradas.
Un abrazo.