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15 Oct 2013
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Maestrillo sin librillo

La autoridad nos confiere ante nuestros niños y niñas, aparentemente,  una seguridad que en más ocasiones de las que estamos dispuestos a admitir; está lejos de guiar nuestras acciones docentes, muchas veces sustentadas en ese “Cada maestrillo tiene su librillo”.

Si hay una frase en referencia a maestros y maestras  que se haya atesorado a lo largo de las últimas décadas casi como un  dogma irrefutable es la de: “Cada maestrillo tiene su librillo”.

Por eso, tal vez, disentir de tal afirmación sea una especie de “blasfemia”,  en este sentido  yo me confieso blasfemo. Para mí encierra mucho de egocentrismo porque por regla general lo aplicamos como un catón para justificar nuestras acciones docentes. 

Muchas veces a contracorriente y para no aceptar la posibilidad de que estemos aplicando métodos  desfasados, o simplemente amparándonos en argumentos como “nuestra experiencia” o maestría, consideramos que lo que hacemos es lo correcto porque es lo que nos funciona de toda la vida.

Y es cierto que funciona, sobre todo porque lo aplicamos a un colectivo, nuestro alumnado, que no está en posición de evaluarnos, sino de acatar, obedecer y asumir la jerarquía impuesta; sin mucho derecho a réplica, porque tal actitud sería susceptible de contravenir ese principio  de autoridad, o simplemente porque terminan comprendiendo que pueden incurrir en una impertinencia que no les beneficia mucho.

Principio de autoridad que es eje vertebrador en las relaciones entre profesores y alumnado, tememos perderlo y ese temor condiciona, precisamente, tal relación.

La autoridad nos confiere, aparentemente,  ante nuestros niños y niñas una seguridad que en más ocasiones de las que estamos dispuestos a admitir está lejos de guiar nuestras acciones que finalmente se sustentan en ese “Cada maestrillo tiene su librillo”.

Todos los días me cuestiono lo que hago y cada mañana voy al cole con un “librillo nuevo” porque la vida se mueve y todo cambia

No sigáis leyendo si creéis que en este texto voy a dar alguna fórmula magistral para llevar a cabo entonces la mejor de las prácticas docentes, ni la tengo, ni existe, y si así fuera, seguramente aun sopesándola, no se llevaría a efecto porque finalmente ya sabéis “Cada…"

Tras varios meses de vivir experiencias educativas como las que en estos post he referido, me sentía “yo” muy orgulloso de cómo estaba yendo el curso de 1º de Primaria, convencido de que iba por el buen camino, aplicando una pedagogía novedosa, comprometida y audaz, además de efectiva: equipo directivo del centro contento, niños y niñas felices, familias satisfechas... ¿y yo?

“El mejor maestro del mundo” configurando día a día “mi librillo” hasta que una mañana antes de iniciar la clase Emily se me acercó y me dijo:

- ¿Profe vamos a salir hoy a cazar palabras?

- No, hoy no.

- ¿Por qué?

- Es que hoy vamos a trabajar otras actividades muy divertidas.

- Es que yo quería salir a cazar palabras, es muy divertido- insistía la niña.

- Ya pero no siempre se puede hacer lo que se quiere.

- Pero es que siempre hacemos lo que tú quieres.

- Es que yo soy el profesor…

¡Ufff!  Esas palabras todavía martillean en mis oídos. Había pronunciado, precisamente, las que expresaban todo aquello que desde niño más aborrecía de los mayores y se las había soltado a unas de las personitas más encantadoras que he conocido y que tan solo se limitó  a aplicar los preceptos que yo mismo había fomentado, participación activa, interrelación y pensamiento propio.

Por supuesto esa mañana salimos a cazar palabras y aproveché para, en la primera papelera que encontré,  tirar “mi librillo”.

Todos los días me cuestiono lo que hago y cada mañana voy al cole con un “librillo nuevo” porque la vida se mueve y todo cambia, aunque parece que una de las pocas cosas que no lo hacen es la escuela y la forma de enseñar. ¡Gracias Emily, mi querida maestrita!

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aprendizaje
participación
pensamiento crítico


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