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17 Jul 2013
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Yo quiero aprender

Hay algo que en la escuela, como en cualquier otro ámbito de la vida, resulta especialmente hermoso: el compromiso. Y no al que te sientes obligado, sino al que se obliga uno mismo. Cuando eso se produce en un aula el aprendizaje está garantizado.

Es fácil observar, sin pararse en mucha reflexión, cómo todo evoluciona con extraordinaria rapidez. Eso se comprueba echando un simple vistazo a nuestro alrededor.

Pero aun así todavía hay cosas que siguen un trazado muy tradicional y mantienen un patrón que se repite generación tras generación. 

Por ejemplo, la escuela: una aula, una pizarra, mesas en similar disposición, a ser posibles alineadas, la mesa de maestros y maestras.  

Niños y niñas que la mayoría de las veces semejan a asistentes a conferencias a los que se les agradece que estén en silencio y orden; y de los que luego esperamos que reproduzcan -para satisfacción docente- el modelo que se les propone, que por regla general no responde a demandas o intereses propios, sino impuestos, y que lo acaten como un dogma de fe.

Es decir, que crean que es bueno para ellos, para hacerse mayores. Es cierto, se harán adultos pero tal vez no los adultos que deberían/querrían ser, sino el adulto que  han moldeado manos y mentes ajenas.

Decía Alejandro Dumas: ¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los hombres? Debe ser fruto de la educación.

Puede parecer una exageración pero siendo en principio tan buena la educación, a veces parece más un medio de adocenamiento donde el pretendido “pleno desarrollo de la personalidad” puede quedar en entredicho.

Hay algo que en la escuela, como en cualquier otro ámbito de la vida, resulta especialmente hermoso: el compromiso. Y no al que te sientes obligado, sino al que se obliga uno mismo. Cuando eso se produce en un aula el aprendizaje está garantizado.

"Esa mañana niñas y niños estaban especialmente alborotados, entonces les propuse no hacer nada, no trabajar".

Una de esas mañanas escolares, en las que no se sabe bien por qué razones, la clase estaba alborotada, en una situación que empieza por cualquier tontería entre dos compañeros y luego se expande al resto; ante la falta de atención, en general,  de los niños y niñas, y su agitación, me senté tranquilamente en la mesa y les miré en silencio.

Poco a poco mi comportamiento les hizo reaccionar y se fueron callando pero en una actitud expectante hasta que les dije: “Está bien, entiendo que hoy no queréis trabajar que estáis revoltosillos y con pocas ganas de hacer tareas,  no pasa nada, pues no se trabaja, no se hace nada y no se aprende, hoy nos lo tomamos de descanso y hacéis lo que queráis”.

Esto, la verdad, es que se lo dije sin connotaciones y convencido de que efectivamente había que tomar en consideración sus reacciones.

Miriam lloraba desconsoladamente. A la pregunta ¿Qué te pasa? Contestó: "¡Joooooo! Que yo quiero trabajar, quiero hacer los placeres".

De pronto, Daniela exclamó: “Profe, Miriam está llorando”. Efectivamente la niña, Miriam, lloraba desconsolada, me inquieté porque eso no era habitual en ella y lo achaqué a algún incidente que me hubiera pasado desapercibido.

“¿Qué te pasa, Miriam?”

Lloraba desconsoladamente y casi sin poder articular las palabas exclamó: ¡Joooooo! Que yo quiero  trabajar, quiero hacer los placeres. YO QUIERO APRENDER.

Toda la clase reaccionó porque esa mañana Miriam fue nuestra maestra y nos dio una gran lección: la del compromiso y el amor propio. Lo que se alcanza a los seis años ya nunca se pierde.

Tags:
aprendizaje
educación emocional
acompañamiento


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Comentarios

silvina silvina 22 Jul 2013 | responder
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Es difícil quitarse la mochila del modelo de docente que uno vivió en su experiencia escolar y modificar sus prácticas en el aula, realmente que debe nacer del docente la necesidad de obligarse a no cometer los mismos errores. Es un trabajo arduo y diario!

Antonio Ferrándiz Antonio Ferrándiz 24 Jul 2013 | responder
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Hola Silvina!
 
Gracias por tus comentarios. Es cierto la mochila la vamos llenando de muchas cosas, yo diría que demasiadas, porque al final lastran y admás porque muchas de ellas se terminan conviertiendo en ese curriculum oculto que nos imposibilita mostranos tal cual, con naturalidad, y esto es lo que más agradecen los alumnos y las alumnas.
Es bonito hacer el ejercico diario de retrotraerte a esas edades de la de los niños y niñas con los que cada día compartes enseñanzas y aprendizajes mutuos, ponerse en su lugar te ayuda a conocerlos y comprenderlos y te lo agredecen y te corresponden en la misma medida.
 
Un abrazo
Antonio