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20 Mar 2014
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Autor/a:
Antonio Ferrándiz

Currículo oculto en el aula

Siempre debemos dejar una percha para descargarnos de nuestro currículo oculto.

Si tuviera que expresar cuál es la mejor forma de educar, lo tendría claro: aquella que habría deseado tener de niño. Y esto es lo que he aprendido en cada una de las actividades que he realizado con mis alumnos y alumnas, cada vez que salimos del aula. Es lo que manifestaron tantas personas que nos vieron aprender en la calle, en los mercados, en el metro, en las iglesias. Lo que nos dijo el cartero cuando nos interesamos por su trabajo tan importante. O lo que nos explicó aquel afilador cuando le abordamos después de seguirle, como a un flautista mágico, por todo el barrio. O el barrendero, que nos hizo comprender que, también de la basura, hay muchas cosas que se reutilizan. Y en cada una de estas escenas, cuántas veces los niños y niñas oyeron lo mismo de aquellas personas que fueron nuestros maestros de la vida por un día y de tantas otras con las que nos cruzamos: su deseo de haber ido a una escuela en la que aprender así, con tanta alegría y felicidad, con tanto interés, sintiéndose parte activa de su propia educación. 

Ahora enseñamos desde el miedo, el que nos dan nuestros alumnos y alumnas, a ser cuestionados como maestros, a nuestra propia incompetencia, a la frustración.

El problema es que la educación se ha basado y, sigue haciéndolo, en el miedo. Hubo un tiempo en el que aprendimos con miedo, el que, de niños, nos despertaban nuestros maestros y maestras. Ahora enseñamos desde el miedo, el que nos dan nuestros alumnos y alumnas, a ser cuestionados como maestros, a nuestra propia incompetencia, a la frustración, a la incapacidad para no llegar hasta donde creemos que deberíamos llegar. Y todo ello nos hace perder espontaneidad y naturalidad. Es por ello que hemos convertido las escuelas en centros excesivamente “normatizados”, papeles por aquí y por allá, documentos de todo tipo que en poco tiempo no sirven para nada, reglamentos de régimen interno,… ¡Suena carcelario! Al final, desnaturalizamos a los alumnos, dejan de ser ellos mismos para ser esos y esas que queremos que sean.

Al final, desnaturalizamos a los alumnos, dejan de ser ellos mismos para ser esos y esas que queremos que sean.

Casi actuamos como una especie de semidioses, queremos que sean a nuestra imagen y semejanza: cuanto más se acerquen a nuestro modelo, mejores alumnos y alumnas los consideramos. Y así, muchos de ellos y ellas se quedan en el camino, en el abismo del fracaso escolar del que tantas veces focalizamos en aspectos ajenos a nuestra actuación docente, porque eso sí, la autocrítica funciona poco. Como no queremos cuestionarnos, hacemos lo posible para que ellos y ellas no aprendan a hacerlo, no vaya a ser que nos muestren nuestra verdadera cara y realidad.

Un gran maestro nos habló, en una de sus clases magistrales en la universidad, de algo que tendemos a obviar: “Nuestro Currículo Oculto”. Es ese que pondría de manifiesto, si lo dejáramos al descubierto, todas esas cosas que cargamos en nuestra mochila vital y que sin darnos cuenta, creo, proyectamos en el aula. Esa parte personal de la que nos da miedo desprendernos y que, al menos, deberíamos hacer el esfuerzo de dejarla colgada en el perchero de la intransigencia para entrar en el aula más "desnuditos de alma".

Esa parte personal de la que nos da miedo desprendernos y que deberíamos hacer el esfuerzo de dejarla colgada en el perchero de la intransigencia para entrar en el aula más "desnuditos de alma".

No hay maestro ni maestra que no exija o desee actuar con independencia y enseñar de acuerdo a sus criterios. Todos tenemos nuestro dogma pero pocos estamos dispuestos a aceptar que aquellos a los que tenemos que educar, también tienen su carácter, su personalidad. Individualidades que no dejamos desarrollar precisamente por nuestros propios miedos; imponemos nuestras reglas, nuestras normas y detrás de ellas, castigos y partes disciplinarios que, lejos de educar, atemorizan. A menudo, los alumnos y alumnas no tienen recursos para luchar contra todo esto y así crecen “domaditos” para que en el futuro no den "mucha guerra" y sea más fácil manipularlos tal y como, seguramente, estamos todos. Sin capacidad para pensar ni rebelarnos.

Tal vez la educación debería tomar otro rumbo, pero tal vez no interese.

Tags:
educación
Educación en valores
pedagogía


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Comentarios

Hanoch Piven Hanoch Piven 21 Mar 2014 | responder
Comment: 

Cuanta razón tienes.
El miedo a aceptar realmente ser diferente y único esta realmente conectando con el miedo a aceptar al otro porque también lo és.